Aventuras con la intangibilidad:

El alemán y el ecuador magnético

Se ha escrito mucho en las últimas décadas sobre la historia, la consagración, el funcionamiento y el despliegue del nacionalismo como fuerza histórica. Eric Hobsbawm, uno de los más importantes investigadores y tratadistas del fenómeno, en un interesante experimento filosófico, plantea que si todas las personas desaparecieran de la faz de la tierra, dejando el mundo intacto, futuros investigadores de civilizaciones extraterrestres se verían a cada paso frustrados por entender la causa de su desaparición. Y esto no debido a algún impedimento de su parte en cuanto a entender los documentos abandonados, sino a que para entender la realidad se necesita una comprensión del concepto enigmático de la nación.

Esto es, para entender la realidad contemporánea resulta imprescindible comprender una idea relativamente reciente, de apenas un par de siglos de existencia. La llave para desentrañar el presente, junto con el pasado inmediato, debe pasar necesariamente por el candado histórico de la nación.

Definir “nación” requiere una postura que sea capaz de situarnos por fuera de lo nacional. Algo patentemente impracticable en un momento histórico como el nuestro, en donde, lejos de que la forma nacional se debilite, observamos su radicalización mundial, su adaptabilidad y persistencia.

De hecho, los aportes intelectuales de Herder, Rousseau, Marx, Gellner, Anderson y Sen, en los últimos años, aumenta nuestra comprensión de los orígenes, la función, la organización, incluso la ambición del nacionalismo. Y tal vez valga la distinción en este sentido entre lo que es la nación y lo que la nación despierta entre las personas. Este producto, tan difícil de abordar desde las ciencias sociales, es el afecto o el sentimiento nacional.

El sentimiento, por su parte, no es indiferente a la razón. Se puede estudiar, analizar y comprender de manera abstracta, pero aquello nos sitúa en el mismo lugar del que partimos: un entendimiento inacabado, interrumpido, resentido e ineficaz. Nuestra situación histórica así no es disímil a aquella que se presentó durante el primer despliegue de la forma nacional, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando el nacionalismo intentaba consolidarse como perspectiva en el mundo occidental. Es el momento heroico del avance de la ciencia, y al mismo tiempo, el escenario en que la producción artística participa del mismo espíritu de expansión y despliegue. Arte y ciencia:  para la primera generación romántica no se observan distancias insalvables entre estas dos maneras de comprender un nuevo mundo, ahora expuesto al alcance de sus respectivas miradas.

Europa buscaba entonces algo similar a lo que intentamos ahora: pensar la realidad por fuera de la costumbre (del vasallaje a corona e Iglesia). Una parte de la respuesta vino de la mano de la pasión, que se derramó a caudales sobre el quehacer artístico y la filosofía natural. Luego de un largo período en que el afecto estuvo represado, observamos un aluvión de sentimiento que inunda las artes, la filosofía, el pensamiento político y la ciencia. La imaginación, a medio camino entre la capacidad de sentir y la de pensar, aparece como una fuerza histórica indetenible. Las energías desatadas por la revolución francesa se extienden velozmente por el mundo. Y la revolución francesa, que además de política, es una revolución nacional, estrena bandera, himno y símbolos en su camino hacia la construcción de lo nuevo. El sentimiento nacional se canaliza a través de la expresión artística y, también, a través de las incipientes academias científicas, que establecen una rivalidad que hoy nos parece inevitable.

La llegada de la misión geodésica francesa en el siglo XVIII al Ecuador es una muestra de aquello. La misión se financia y despacha a Sudamérica, precisamente con la intención de confirmar o desacreditar la forma de la Tierra, si estaba o no achatada entre los polos. Las hipótesis adelantadas por la Real Academia Británica y la Academia Francesa estaban contrapuestas, y la razón de los geodésicos, en lo que más adelante sería la República del Ecuador, se encontraba comprometida con la razón del estado nacional.

Intuimos en esta aproximación entre sentimiento nacional e imaginación/artística/científica la existencia de una fuerza secreta. Una poderosa atracción entre terruño y geodesia. Una fuerza magnética.

Humboldt luego describió lo que se confirmaría como el campo magnético de la Tierra y, en particular, el ecuador magnético; es decir, los puntos que juntos constituyen la línea paralela al Ecuador geográfico en donde el grado de inclinación magnético medible equivale a 0. Esa línea invisible, pero que se puede “sentir”[1] es análoga al efecto “sentimental” que la forma nacional ejerce sobre un sujeto histórico determinado. Se trata de una analogía tosca, tal vez, pero que tiene un cierto sentido, en tanto el nacionalismo no opera en todo momento con la misma intensidad, como si determinados momentos históricos marcaran alejamientos o aproximaciones al campo de atracción. De hecho, el siglo XIX plantea picos y valles con relación al sentimiento nacional, momentos de alta intensidad que coinciden con la exacerbación de los sentimientos de pertenencia en el conflicto armado. Aunque en las guerras de independencia resulta difícil distinguir entre un incipiente sentimiento patrio, la vorágine afectiva ante el peligro mortal, la entrega a la coerción directa que pone a hombres de distintos lugares en conflicto directo entre sí, el cumplimiento del deber y la ambición descarnada que se juega un futuro privilegio. La batalla del Pichincha fue muy distinta de la manera en que las intervenciones románticas posteriores la retrataron, como en el caso de las Leyendas del tiempo heroico de Manuel J. Calle. En ciertos casos, destacamentos conformados por indígenas reclutados al servicio de la corona se enfrentaron a tropas grancolombianas compuestas de soldados irlandeses. De hecho, la atracción magnética de la forma nacional embrujó a las clases dirigentes, sobre todo, en un inicio. La confusión geográfica y afectiva de los años de la independencia aseguraba una incertidumbre general en los primeros años de la República, marcados más por el instinto de supervivencia y de expansión de los intereses de una pequeña minoría que por cualquier tipo de razonamiento sentimental. Eso vendría más tarde.

Una vez asentado el polvo de la guerra, e iniciada la tarea de construcción sentimental, tanto la ciencia como el arte fueron utilizados como horquillas para que los nuevos gobernantes puedan detectar los acuíferos necesarios para regar la planta de la nación.

En los documentos que siguen, observaremos este fenómeno en marcha mediante la conscripción de los jesuitas alemanes en la tarea de construcción de la nación ecuatoriana por medio de la dirección programática de Gabriel García Moreno. Lo veremos también por medio de los viajes de Stübel, en el mismo período histórico, y, en paralelo, por medio de la construcción poética nacional, de la que Juan León Mera es un momento. La prospección del territorio, imaginativo y físico de la nación, por poetas y agrimensores, paisajistas y vulcanólogos, hispano y germano hablantes, sin embargo, no es un fenómeno exclusivamente ecuatoriano. La geomancia del nacionalismo opera en todas las latitudes, y conecta lenguas e imaginaciones de formas insospechadas e invisibles.

El siglo XIX, y sobre todo el garcianismo, marca un momento de activa búsqueda de la veta magnética de la nación por parte de científicos y artistas. Una instancia de esta búsqueda, que marca por igual a América y Europa se encuentra en la construcción de himnos patrios, verdaderos dispositivos diseñados para generar emoción profana. Lutero había requerido que los cantos litúrgicos se canten en lengua vernácula, estableciendo de esa manera una vía regia hacia el nacionalismo musical. Obsérvese, sin embargo, que el traslado de la música del ámbito de lo sacro a lo secular viene acompañado, en el caso del himno, de un modo de entrega emparentado con la solemnidad religiosa. Es cierto también que los himnos nacionales aparecen de forma heterogénea, mediante actos de prestidigitación musical-literaria.

El himno nacional ecuatoriano, al igual que el de muchos países, evidencia una historia accidentada y marcada por la búsqueda de equilibrio entre la pompa estatal y el establecimiento de un relato colectivo y sentimental poderoso y resistente al cambio histórico. Los ajetreados primeros años de vida republicana aparentemente no tuvieron tiempo para la observación de un gesto patriótico—la adopción de una canción nacional oficial— de esta naturaleza. O mejor, no se dieron las condiciones “objetivas” para la consolidación de un himno nacional. El primer presidente ecuatoriano, Flores, escribió la letra de un himno, que no se dio a conocer a tiempo o que no fue impulsado seriamente para fungir de himno. Más adelante, José Joaquín Olmedo, el poeta de la independencia, recibió la encomienda de producir un himno, que entregó a su debido tiempo a las instancias del poder y que no encontró asidero musical ni voluntad política para ser implementado. La letra de Olmedo fue orquestada más adelante, por parte de un oficial argentino residente en el Ecuador, que entregó la propuesta al Congreso nacional, pero que fue rechazada por Nicolás Martínez, presidente de ese Congreso y por su secretario, Juan León Mera. Se determinó que ni la letra ni la música eran adecuadas (el mismo Mera, que tanto había elogiado la poesía de Olmedo en su tratado crítico sobre la literatura ecuatoriana, la rechazó de manera contundente, posiblemente por no conocer su procedencia) y se resolvió encomendar a Mera la tarea de escribir la letra de un himno nacional [2]. De aquí se envió la composición al ciudadano Antonio Neumane, residente en Guayaquil, compositor de ascendente franco-germano y que, sobre el texto del ambateño, puso la música en 1870, poco tiempo después, se difundían las partituras y la letra a nivel nacional y se empezaba a entonar, y a cantar, el himno nacional del Ecuador.

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Portada del libro Naciones y Nacionalismo desde 1780 de Eric Hobsbawn

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Carta Geográfica de la Costa Occidental en la Audiencia del Quito (1751), por Pedro Vicente Maldonado.

1. Varias experiencias empíricas parecen ratificar el efecto del magnetismo sobre el cuerpo humano: la posibilidad de equilibrar un objeto sobre otro, por ejemplo, en donde existe un campo magnético marcado, que facilita esa tarea. El acto de caminar en línea recta sobre el campo magnético, con los ojos cerrados, que se vuelve más difícil.

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Humboldt describió lo que se confirmaría como el campo magnético de la Tierra y, en particular, el ecuador magnético.

2. Los detalles de la construcción del himno se encuentran en el fascinante fascículo que publicó el padre jesuita Aurelio Espinosa Pólit en 1948 titulado “Reseña histórica del himno nacional ecuatoriano”, un tratado ejemplar y ameno que reconstruye la accidentada vida del “Salve oh patria”.

Himno nacional del Ecuador

Al igual que otros himnos, regionales y distantes, el himno del Ecuador se construyó musicalmente a partir de la búsqueda de cercanía, no de diferencia, con otras repúblicas; de hecho, la ciudadanía criolla de los distintos países latinoamericanos no se diferenciaba culturalmente entre sí, la idea de la nación como la comunidad de intereses entre grupos diversos es una idea del siglo XX, el nacionalismo decimonónico es distinto, funciona a partir de la idea de la consolidación militar y territorial y la homogeneidad cultural de sus integrantes. El investigador Malcolm Boyd señala que la búsqueda de uniformidad entre naciones se muestra con creces por medio de los himnos nacionales centro y sudamericanos, todos ellos fuertemente influenciados por el estilo de la ópera italiana.

El himno nacional de Alemania y de Austria en un momento compartió el mismo trasfondo musical, una pieza de Haydn, elaborada para acompañar a un poema de elogio al emperador Francisco II. La letra proviene de 1841, del poeta August Heinrich Hoffmann von Fallersleben, forma parte de sus “Canciones apolíticas”, se escribe en el contexto del conflicto militar con Francia y a la vez arenga por una Alemania libre y regida por el imperio de la ley, no del monarca y sus arbitrariedades. El himno fue reconocido al final de la Segunda Guerra Mundial y oficializado durante la República de Weimar. La misma obra musical fue utilizada por Austria, con letra de Ottokar Kernstock, como himno nacional, entre 1929 y 1938. Cuando Austria fue anexada por el tercer Reich, también fue obligada a cantar la versión de Hoffman. En realidad, se cantaba exclusivamente la conocida primera estrofa “Alemania por encima de todo” y posteriormente el himno nazi. Las asociaciones de supremacía relativas al himno hicieron incierta su permanencia. En Alemania fue retomado en 1953, aunque la primera estrofa se evitaba, y se reemplazó por la tercera. En Austria, en 1946, se sustituyó el himno previo, por uno nuevo, escrito sobre una melodía a veces atribuida a Mozart, a veces a Paul Wranitzky y se adoptó la letra escrita por Paula von Preradović, una de las pocas mujeres en producir la letra de un himno nacional a nivel mundial.

Himno nacional de Alemania
Himno nacional de Austria

Como se observa mediante este recuento abreviado, el himno del Ecuador, junto con los respectivos himnos de las dos naciones germano hablantes más pobladas del mundo, es el resultado del encuentro de mundos musicales y poéticos distintos que conectan un accidente con un destino. En los tres himnos observamos la invocación apostrófica a la geografía: el himno alemán evoca territorios: “Desde el Mosa hasta el Niemen/desde el Adigio hasta el Belt”; el austriaco, paisajes: “Tierra de montañas/ tierra junto al río/tierra de campos labrados” y el himno ecuatoriano suplica a la naturaleza: “¡Gran Pichincha! Prevén tú la muerte/de la patria y sus hijos al fin”. La combinación es explosiva: tierra y lengua, música y naturaleza.

La ejecución pública del himno nacional cumple con el cambio que Elías Palti identifica en el discurso político latinoamericano de la segunda mitad del XIX, un tránsito del discurso deliberativo, destinado a persuadir, al epidíctico, que se emite ante una audiencia convencida de antemano. El rito del himno opera como un enunciado performativo, aquel donde un acto de habla produce una realidad, en oposición a simplemente enunciarla. El ejemplo más conocido es el del pronunciamiento oficial de autoridad competente, “los declaro marido y mujer”, por ejemplo, que no describe al mundo, sino que lo genera. Cantar el himno nacional es rendirse a su poderosa corriente magnética, que revive un sentimiento que dormita en estado inanimado; es entregarse a su atracción himnótica.

El artículo de Guillermo Meza en el presente documento, “Salgado o los márgenes inclasificables de una creación original”, indaga sobre el contacto, en la primera mitad del siglo XX, de dos de los músicos más relevantes de su tiempo: el austriaco Arnold Shönberg y el ecuatoriano Luis Humberto Salgado. La influencia del primero de ellos en el campo de la llamada música académica del siglo pasado es incalculable, su producción, y reflexión sobre la música contemporánea se sitúa deliberadamente a distancia del nacionalismo y pareciera estrellarse ante la superficie inflexible de una composición musical y una convicción estética decidida a operar en un registro singularmente hermético. El caso de Salgado es muy distinto, observamos en él una búsqueda que, sin rechazar la experimentación formal y la aventura cosmopolita, la dispersión de las líneas magnéticas hacia el espacio, explora la posibilidad de proyectar el ímpetu serial y pasatista de la tradición musical vernácula hacia el futuro. El diálogo musical entre Salgado y Schönberg, ya en pleno siglo XX, nos recuerda la movilidad del ecuador magnético, un flujo que se desplaza por el planeta, y que sirve de recordatorio de la transformación paulatina del nacionalismo.

La cultura, la lengua, el prestigio social de la ciencia, el magnetismo, y la nación, son todas manifestaciones intangibles, que ejercen una influencia poderosa sobre nuestras vidas. El flujo de ideas, personas, textos y canciones entre el Ecuador y los países germano hablantes ilustra los vasos comunicantes de lo inasible, que tiene impacto, peso y consecuencia en la experiencia vivida de los hombres y mujeres que, en el presente documento, y en el presente momento pandémico, tan cercano a estas disquisiciones, nos da acceso a sus distintas aventuras con la intangibilidad.

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Acerca de los

autores

Alphons Stübel y

Juan León Mera

Deshojando flores frente a los volcanes andinos:

El impacto de la expedición de Stübel en el Ecuador

La Escuela Politécnica de Quito

La Escuela Politécnica de Quito, la Compañía de Jesús (1869 – 1877) y los jesuitas alemanes

Luis H. Salgado y Arnold Shönberg

Salgado o los márgenes inclasificables de una creación original 

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